1. Dezember 2011

☆ home ☆

Miro por la ventana del avión que se está acercando a Berlin-Schönefeld, cada vez es menos la distancia entre mi y el suelo de mi ciudad, y cuando las ruedas tocan el asfalto, noto el golpecillo y ese golpecillo, me arranca una sonrisa.

Saco la bolsa que preparé del „overhead compartment“, la bolsa contiene mi gorro, la bufanda nueva y los guantes. Recuerdo que esa misma tarde, en Barcelona hacían 22°, y según el piloto, en Berlín hacían 2°. Con mi armadura de lana, me atrevo a bajar las escaleras del avión, aún así, me asusta el primer viento frío que roza mi cara. Quién necesita colorete habiendo un viento que te pinta las mejillas de rojo? Casi me caigo con las botas nuevas – que resbalan mucho, a ver si las llevo al zapatero – sobre una línea pintada en el suelo, pero un señor muy majo que andaba detrás de mi, me salva agarrándome por el hombro.

Estoy de vuelta en Berlín.

En la cinta de los equipajes, justo me da tiempo para liarme un cigarro y nada más terminarlo, llega mi maleta y me voy para fuera. Lo fumo con toda tranquilidad, miro el aeropuerto, miro la gente y veo la gran línea de taxis esperando clientes. Uno de ellos va a ser mio, que a estas alturas (son las 23h pasadas), paso olímpicamente de ir en metro.

Me termino el cigarro y me subo al primer taxi de la línea tras haber guardado mi equipaje en el maletero. El taxista es un polaco muy majete y poco hablador, y aunque normalmente me gusta charlar con los taxistas, pues esta vez no me importa. Estoy ya en modo silencio y recordando mi viaje. Estoy muy contenta.

Pasé dos semanas increíbles en Barcelona. Increíbles sobre todo a nivel personal, pero también artísticamente hablando.

Me acuerdo del primer día cuando llegué, recuerdo buscando y hallando el aerobus que me lleva a Plaza Catalunya y también consigo averiguar cual de los trenes de Rodalies debo tomar para llegar a la casa de la primera persona con la que me voy a quedar dos días. Me pregunto como sería ese Gabriel, puesto que apenas le conozco y él tampoco a mi, pero por alguna razón sé que voy a estar tranquila una vez que llegue.

Y bien, acerté. Resulta un tío estupendo que vive en una casa muy bonita y con gente muy maja. Duermo muy tranquila esa primera noche. Me despierto con dos gatos encima de la cama, que, cuando me acosté, no estaban ahí y me entra la risa. Qué bonito saludo matutino ese ronroneo!

Recuerdo después, el miércoles, mi primer cambio de casa, los nervios debido a mi bolo de esa misma noche, pero al llegar a casa de Deryck y Oliver, los nervios se me van quitando. Un rato más tarde vuelven los nervios, aunque eso puede ser debido a la ilusión de volver a ver a mi buen amigo Pancho, quien me recoge para cenar y quien me acompaña al Apolo, donde voy a pinchar.

Al bolo voy sola, es algo que no me gusta para nada, me siento como si saliera de fiesta sola, es algo que nunca he hecho y tampoco me veo haciendo en un futuro. Pero en seguida me veo con María, la que organiza la fiesta, me reconoce y nos saludamos. Poco después aparece Txarly y nos quedamos fumando fuera del Apolo.

La gente empieza a venir, el local se va llenando poco a poco. Cuando empiezan Los Remendaos a tocar, todavía hace un poco de fresquito en la sala, pero se quita en cuestión de 15 minutos y cuando aparece Dani, que compartirá la cabina de DJ conmigo, pues, ya estoy en modo fiesta y no puedo parar de moverme.

En fin, el tiempo se me pasa volando y no obstante el aviso de María que era un mes flojo y que era posible que no se llenara mucho la sala, la pista estaba a tope cada vez que la miraba y la gente la estaba pasando de lujo con las selecciones que Dani y yo pusimos. Todo el mundo se quedó hasta la última canción, y cuando prendieron las luces, vi muchas caras felices y yo tampoco pude dejar de sonreír. Qué sensación tan gratificante!

Me tomé un taxi y llegué re-feliz a casa de Deryck & Oliver, que me saludaron a la mañana siguiente con arepas caseras…! De lujo!!!

Todo eso me pasa por la cabeza, mientras ese taxi circula por las calles nocturnas de Berlín.

El recuerdo de ese fin de semana tan bonito y taaaan relax que pasé en casa de Pancho, incluyendo mate y galletas de chocolate en la cama por las mañanas, paseos por el gótico y conciertos inesperados en bares que no tienen pinta de ser tan guays. Me hizo falta un finde así, de no hacer nada y sólo disfrutar de la compañia.

Me acuerdo del segundo bolo en el Apolo, que casi salió mejor incluso que el primero, fue como tocar y celebrar en familia, con Los Canijos Sin Fronteras y mi amigo Pedrito, que buena sesión de deejay ping-pong que nos pegamos!!! Me acuerdo como, a lo largo de esta noche, mi voz se estaba despidiendo poco a poco, me quedé ronca y apenas le pude comunicar al taxista donde me tenía que llevar… No obstante, charlamos un poco y al mencionar yo que era de Berlín, pues, me cuenta ese señor lo bonita que le pareció mi ciudad y lo que más le había impresionado durante su visita ahí, era la „Puerta de Edimburgo“. Hace mucho que no me reía tanto y decidí no corregirle su equivocación, para que pudiera alegrarle a más gente con ese chiste tan bueno.

Recuerdo la bonita casa de Akemi, en la que me quedé los siguientes cuatro días, las dos primas saliendo de cenas varias, contando historias varias y creándo más momentos a ser recordados en un futuro. Una noche que vino Pancho a cenar con nosotras, nos llevó Akemi a un bar super-chulo con la bartender más simpática de toda Barcelona.

Recuerdo la noche del jueves pasado cuando tuve prevista ir a una fiesta y antes, tal vez al menos brindar con Pancho por su cumple, que por temas de curro, no pudo ir a festejarlo en condiciones. Se conoce que le contagié con mis ganas de fiesta, que nada más despedirnos y dejarme en la cola para la fiesta, me llama y dice que cambió de opinión y al final vino y se quedó un rato tomando algo y bailando con la bueníííísima selección de El Timbe, Cherman y Maga Bo. Me acuerdo como, de repente, aparece Berta que no había visto en años, literalmente y así, a lo tonto, se convierte todo en una de las mejores noches que he tenido en toda mi vida.

Ya entramos en Neukölln y recuerdo la última casa en la que me quedé… la de Isabel, que tampoco me conocía demasiado y aún así no dudó ni un momento para ofrecerme su casa. Le agradezco su confianza y la posibilidad de conocer a sus compañeros de piso Diana y Enric. Ese arroz con verduras y cacahuetes, chavala, qué rico que fue!

Revivo, repaso y recuerdo todo eso, la buena vibra con la que la gente me recibió, el interés que mostraba cuando me escuchó y la confianza en contarme cosas suyas.

Y siento, que algo debo hacer bien en mi vida, si la gente me trata así y me saluda con los brazos abiertos.

Y me siento bien al darme cuenta que me muevo bien y sin miedo ninguno en esa ciudad que no es mia, pero que me hace sentir en casa – y eso es por la gente que vive ahí y que he podido conocer.

Gracias. A todos.

Sois la bomba y os quiero a todos un montón.

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